Visión y Misión

Visión.
Ser líder en la orientación y fortalecimiento de las familias dentro y fuera de la iglesia en la República Dominicana.

Misión.
Orientar a los miembros de la familia en el concepto de la verdadera relación y responsabilidad familiar para tener un hogar saludable, a través de la palabra de Dios.

Versículo del día

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domingo, 11 de marzo de 2012

Madres triunfadoras, Por: Sixto Porras

Principios que determinan el éxito:

- Aceptarse tal y como es.

- Saberse completa siendo quien es. Lo logra, cuando desarrolla una adecuada auto-valoración y un gran amor propio.

- Cortar con la herencia de dolor, por su paz interior.

- Tener sueños y retos que le inspiren.

- Proponerse metas y alcanzarlas.

- Relacionarse con los demás a partir del respeto y la dignidad.

- Levantarse de la adversidad y volver a intentarlo.

- Tener gratitud ante la vida.

Obstáculos por superar:

- Débil seguridad en sí misma.

- Vivir con resentimiento, rencor, rechazo y falta de perdón.

- Violencia a nivel afectivo y familiar en el hogar.

- Sensación de estancamiento en las metas y proyecto de vida.

¿Cómo está su auto-valoración?

- ¿Puede reconocerse a sí misma con sus cualidades y defectos?

- ¿Se considera capaz de hacer cosas que le parecen importantes?

- ¿Maneja su vida y sus prioridades con orden?

- ¿Expresa sus opiniones con libertad y respeto?

- ¿Cree en su valor y en su dignidad como persona?

- ¿Observa sus debilidades y defectos como áreas de mejora?

Una madre triunfadora, sabe quién es, se aprecia y marca para bien el destino de quienes le rodean.

Principios de éxito en su misión como madre:

- Acepta y ama a sus hijos (as) tal cual son.

- Reconoce las fortalezas de sus hijos y acepta sus limitaciones.

- Establece y distribuye los tiempos y las prioridades sin culpa, trabajo, maternidad, matrimonio, familia, cuidado personal, cultura, recreación y deportes.

- Ayuda a sus hijos (as) en la construcción de sus proyectos de vida.

- Sabe identificar y disfruta las diversas etapas en el desarrollo de sus hijos (as).

Una madre puede ejercer cuatro tipos de Influencia:

- Modelaje.

- Motivación.

- Mentora.

- Acompañamiento.

1. Modelaje

Las personas se inspiran en lo que observan en la vida de sus madres. Si a las personas les agrada y consideran útil lo que ven, aumenta la influencia positiva que puede tener sobre ellos. La observan, y su estilo de vida modela conductas, esquemas de pensamiento, y perspectiva de vida.

2. Motivación

La inspiración que genera una madre es producto de la relación cercana que tiene con sus hijos (as). Nadie inspira más que una madre, dibuja sueños en la mente de sus hijos y mantiene a raya las descalificaciones del mundo exterior. La madre es quien anima cuando vienen las malas calificaciones, o los amigos se alejan. Las palabras de las madres tienen poder para dar vida, inspirar sueños y marcar el destino de quienes le aman.

3. Mentora

Un mentor es quien camina al lado del aprendiz, para enseñarle con su ejemplo cómo se enfrentar el reto de la vida. Se instruye para la vida mientras caminan juntos. Una madre es una mentora natural, porque acompaña a sus hijos por la vida desde la concepción y hasta el final de los días.

4. Acompañamiento

Una madre marca la vida de sus hijos (as) para que luego ellos sean capaces de amar a otros y seguir su propio camino. Se trata de acompañar a sus hijos en un proceso de desarrollo y de influir positivamente en la vida de ellos para que desarrollen su propio proyecto de vida.

Consejos para ser una mamá sana

1. Relaciones de Amistad

El sano desarrollo de toda madre implica relaciones de apoyo y amistad. Todas necesitan tener amigas. Hay cosas que solo ocurren con las amigas. Los estudios indican, que pocas cosas son tan saludables para una mujer que su grupo de amigas. Brinde tiempo de calidad a las personas que considera sus amigas.

2. Tome tiempo a solas

La mujer en su condición de persona, posee un elevado e indiscutible valor, que no depende de que alguien se lo dé o se lo quite. El ser madre proporciona una dimensión especial y extraordinaria. Por eso es tan relevante tomar un tiempo apacible para descansar, conocerse a sí misma, aclarar los pensamientos, renovar fuerzas y volver a soñar.

3. Atrévase a “Volar Alto”

Aunque pocos hayan sido tan afortunados de darse cuenta la mina de oro que usted es, eso no significa que usted brille menos.

Que nadie haya sido lo suficientemente inteligente para darse cuenta que usted merece estar en la cima, no la detiene para lograrlo.

Que nadie haya notado los avances en su vida, no le da permiso para detenerse.

Que nadie se haya dado cuenta la hermosa mujer que es, no significa que no sea apreciada.

Aunque no haya recogido las mejores cosas de la vida, no significa que la vida sea injusta.


Siga brillando, Siga corriendo, Siga viviendo, Siga siendo exactamente como usted ya es: ¡¡¡Una Mujer triunfadora, una Madre Completa, una Mujer que crece a diario!!!

La mejor mamá del mundo, Por: Maritza Ulate

Al hablar de las madres es usual escuchar un sinfín de adjetivos que más que calificar a las mujeres que tienen hijos, las condicionan. Todos “sabemos” que las madres, por el solo hecho de ser madres, “deben” ser abnegadas, sabias, cariñosas, desprendidas, perseverantes, puras, castas y hasta se les califica de santas y ángeles terrenales. Su tarea es estar siempre listas para amar incondicionalmente, inspirar, animar, mimar, complacer y suplir cualquier tipo de necesidad. Este arquetipo fuertemente arraigado en el inconsciente colectivo encuentra reafirmación en todos los ámbitos de la vida; desde los mensajes publicitarios que venden mercancía en el día de las madres, hasta la expectativa, en cuanto a la futura conducta de una mujer, que presuponen sus amigos, familiares y cónyuge ante la noticia de que ella se convertirá en madre.

Indudablemente la mayoría de estas calificaciones son atributos deseables, pero no exclusivamente para las mujeres que llegan a ser madres, sino para todo ser humano.

Lo innato no es el “instinto materno”, sino el instinto del ser humano por proteger al que se percibe como indefenso. Sin embargo, de acuerdo a la tradición de nuestra cultura latinoamericana -y sin duda en muchas otras-, las madres cargan con la presión social de cumplir con todas estas características sin más calificación para hacerlo que el de ser madre. Es como si se esperara que estos atributos psicosociales, emanaran de forma espontánea en el primer parto, sin necesidad de haber sido modelados ni cultivados.

Una de las razones por las cuales se tienen estas expectativas para con las madres, es el hecho de que ellas han tenido que asumir la ausencia emocional -y en muchos casos hasta física-, del padre de sus hijos e hijas. El analfabetismo emocional del hombre es una constante en muchos de los hogares, por lo que la madre se ha visto obligada a asumir la responsabilidad de la crianza y cuidado de los niños y niñas, con todas sus implicaciones. En el mejor de los casos, el hombre se encarga de la provisión económica del hogar, pero usualmente desatiende y se auto libera de la responsabilidad de atender las necesidades psicosociales de los hijos e hijas.

Así también, una de las razones por las que se podría exacerbar calificaciones como la castidad, pureza y santidad, como cualidades necesarias en la maternidad, es la ancestral necesidad del hombre de asegurarse la paternidad biológica de su prole.

Estos arquetipos, tanto el de la maternidad, así como el arquetipo asociado a la paternidad, --esto es: el padre como proveedor material del hogar, desasociado de todo lo que tenga relación con el ámbito emocional--, causan, en el primer caso, una gran presión que las mujeres encuentran difícil de sobrellevar y en el segundo caso, una privación o castración emocional del hombre que le impide el disfrute de la crianza y participación en el desarrollo psicosocial de sus hijos e hijas.

Fácilmente se puede inferir que ambos arquetipos van de la mano con las problemáticas que se dan en los hogares en cuanto a los roles, responsabilidades y formas de interactuar de sus miembros. Sin embargo, se hace necesario dar mérito a las mujeres que han hecho todo lo posible por vivir de acuerdo a las expectativas de nuestra sociedad y frecuentemente han asumido la maternidad dejando de lado muchos de sus sueños e intereses individuales. Así también a los hombres que honestamente luchan por suplir las necesidades materiales de su hogar día a día.

Dicho lo anterior y tomando en cuenta lo planteado hasta aquí, cabría entonces preguntar ¿Para ser una buena mamá se debe renunciar a los proyectos individuales y vivir en función de las necesidades y expectativas de otros? ¿Qué significa ser una buena mamá? Para responder a estas preguntas es necesario reflexionar sobre la necesidad de todo ser humano de desarrollarse de forma plena e integral.

El ser humano, sea hombre o mujer, debe procurar su bienestar físico, psicosocial y espiritual, y esto requiere, entre otras cosas, de un balance adecuado entre satisfacer nuestras necesidades, metas, aspiraciones y proyectos individuales y dar de sí, en tiempo, esfuerzo y cuidado, a aquellos que forman parte de nuestra vida. De esto depende el tipo de relaciones interpersonales que establecemos y desarrollamos con los demás, incluyendo los hijos e hijas. Claramente, la cantidad y calidad del tiempo, esfuerzo y cuidado que les otorgamos a los demás, dependerá del vínculo que nos une a ese otro. En el caso de los hijos e hijas, este vínculo es tan fuerte que podemos llegar a perder este balance con el afán de asegurarnos el bienestar de ellos y ellas.

Al perder el equilibrio, usualmente se desfavorece el propio desarrollo integral; y es aquí donde surge la paradoja del arquetipo de la madre: ¿Cómo procurar el desarrollo pleno e integral de los hijos e hijas si el propio desarrollo ha quedado truncado? ¿Cómo modelar y procurar que los hijos e hijas establezcan y caminen hacía la consecución de sus metas y aspiraciones si se han dejado en el camino las propias?

Las mejores madres, desde esta perspectiva, probablemente sean aquellas mujeres que reconocen la importancia de su propio desarrollo integral para poder dar de sí lo que sus hijos e hijas requieren para crecer saludables en todas las dimensiones de su ser, esto es en los ámbitos físico, psicosocial y espiritual. Las que reconocen que el haber dado a luz a una hija o a un hijo no las califica de forma inmediata para ser buenas madres, sino que al igual que se han esforzado por adquirir los conocimientos y habilidades para su adecuado desarrollo y desempeño en otras actividades, también deberán educarse y prepararse para la tarea de ser madre.

Las mejores madres probablemente sean aquellas que procuran y demandan que el padre de sus hijos e hijas se involucre en su crianza porque reconocen que ellos y ellas necesitan este apoyo para su buen desarrollo y bienestar.

Las mejores madres probablemente sean aquellas que con esfuerzo y dominio propio moldean en sus hijos, a través del ejemplo, el amor por la vida, el respeto por el otro, la importancia de trazarse un proyecto de vida y luchar por alcanzar metas concretas y aspiraciones reales que les aproximen día a día a este proyecto.

Las mejores madres probablemente sean aquellas mujeres que viven plenamente, que han aceptado el reto de tomar las riendas de su vida, orientadas por los valores cristianos universales; las que procuran día a día ser mejores seres humanos para entonces poder ejercer su maternidad de la mejor manera posible de acuerdo a su propia realidad. Las que aprovechan cada oportunidad y cada desafío para crecer y hacer crecer a sus hijos e hijas.

Sin lugar a duda actualmente hay una gran cantidad de recursos que proveen consejos y técnicas de cómo ser una mejor mamá, sin embargo lo más importante será la actitud que se asuma ante el reto de ser persona, mujer y madre.

jueves, 8 de marzo de 2012

La Mujer y su Valor, Por: Wilfredo Adolfo Vólquez De Jesús

En Génesis 1:31, dice el Señor “Y vio Dios todo cuanto había hecho, y era bueno en gran manera.” Esta fue la calificación que el mismo Dios dio a su obra de creación, a la naturaleza, a los animales, a las plantas, a todo el universo, al hombre y también a ti Mujer porque, junto al varón, tú eres cabeza, reina y corona de la creación.

Al momento de Dios formarte, se tomo su tiempo, fue su mente divina la que te concibió, el es el arquitecto de tu ser y fueron sus manos las que te dieron forma. Dios te puso junto al hombre para que fueras su compañera, su ayuda idónea, y una ayuda idónea significa, la que se corresponde llevar, la imprescindible, aquella que no se puede sustituir, la que esta capacitada y preparada para la batalla.

Tú, mujer fuiste hecha de una costilla del hombre, es decir de su costado; no de la cabeza para que tuvieras dominio sobre él, ni tampoco para que recibieras ordenes; ni de sus pies para que seas pisoteada por él; sino de su costado para que fueran iguales; debajo de su brazo para ser protegida; y de junto al corazón para que seas amada por tu esposo.

El término varona del hebreo (Ishah) apela a un hombre de sexo femenino, Dios las distingue en el sexo, pero no en la naturaleza.

Tu dignidad no depende del concepto de la sociedad, ni de los parámetros que ésta ha querido poner como estandarte. Tu dignidad viene de Dios, está intrínseca en tu ser por creación.

Tu eres hecha a “Imagen y Semejanza de Dios” (Génesis 1:26); “Imagen” quiere decir que tienes atributos de Dios en ti, tales como la capacidad de sentir amor, compasión, ternura, perdón, bondad, comprensión, razón..., “Semejanza” significa que tienes el carácter de Dios en tu ser, entiéndase dignidad propia, honradez y dominio propio, eres completa en ti misma y no necesitas más nada.

El Creador también te ha dotado de una cualidad excepcional, la procreación, el tener dentro de ti otro ser humano y traerlo al mundo, alimentarlo, cuidarlo, criarlo, educarlo, formar para Dios un ser que dignifique su nombre.

También eres la administradora, quien cuida y junto al hombre guía la familia y el hogar. Núcleo que Dios ha formado como medio, con el propósito de reproducir en cada ser humano su carácter.

Lo más importante es que el propósito esencial de tu creación, según (Efesios 1:12), es que fuiste hecha para que alabes y honres a Dios con toda tu vida y ser.

Pero, en aquel momento de tanta expectación, hubo alguien que te observó y reconoció todo tu potencial, y vio que tú serías un instrumento de honra para Dios, y quiso, quiere y querrá hasta el fin de los tiempos, destruirte, desviarte de los propósitos para los cuales existes.

El no quiere nada bueno para ti, una vez te hizo caer, y poco a poco comenzó a tratar de cambiar en ti tu verdadera esencia, tus verdaderos valores, a cambiar en ti la visión y la misión para la que Dios te trajo al mundo.

Todavía hoy, él lo sigue intentando. Y para ello ha establecido “nuevos objetivos para tu vida”, nuevas escalas de valores y comportamientos que te vende como lo imprescindible para que seas una verdadera y completa mujer. Muchas veces, ha tomado tus dotes físicos y los ha explotado como mercancía, dándote sólo un lugar de objeto. Ha tratado de menoscabar la sublime responsabilidad de ser la forjadora de hijos sanos física, mental, emocional y espiritualmente; y en vez de que permanezcas cerca y junto a tu esposo, ha puesto mecanismos para distanciarte y para que, no siendo su ayuda idónea, te conviertas en su rival.

Por esto Cristo aparece en la escena, con su muerte. Él ha logrado quitar al enemigo la potestad y el dominio que en algún momento tuvo sobre ti. Él ha venido a darte la libertad de las cadenas del pecado, a restaurar tu cuerpo, alma y ser por entero.

En Cristo eres más que vencedora (Romanos 8:37). Él te ha dado una nueva creación, sólo tienes que creer y accionar de acuerdo con su palabra, y estarás en condición de ser la mujer que él quiere usar para su gloria y honra, llevando a cabo la grandiosa labor que ha dispuesto para ti.

Que Dios te bendiga.

domingo, 4 de marzo de 2012

4 - El Hombre de la casa “Hombre y Padre”, Por: Claire M. de Mezerville L., Psicóloga y Tanya M. Brizuela H, Antropóloga

Los estereotipos sobre lo masculino y lo femenino, no solo afectan a lo social y personal, sino que también traspasan a lo familiar. Por ejemplo, muchas personas consideran que el padre es el “proveedor” de la familia, pero se limitan a la provisión “material”. No obstante, la figura constante y amorosa de un hombre adulto es de gran beneficio para los procesos de desarrollo infantil: el padre enseña a los hijos e hijas sobre el mundo, sobre las formas saludables de relacionarse entre personas del mismo sexo y entre individuos del sexo opuesto.

Una figura masculina que entre en contacto con el mundo del niño por medio del afecto, el juego y el manejo de límites, también es uno de los elementos que integran el universo de los niños y niñas, permitiéndoles determinar quiénes son ellos y ellas, gracias a la percepción que tienen de los demás.

El padre de familia es, primeramente, un proveedor emocional: es un ejemplo que sus hijos imitarán; es un modelo de los valores sociales más importantes; y debe ser un apoyo afectivo para todos los miembros de la familia.

Es responsabilidad del padre contribuir activamente para que haya un ambiente adecuado dentro del hogar. Aún en casos en los que el padre y la madre no vivan juntos, por motivos de divorcio, separación u otras situaciones especiales. El ambiente del lugar en el que se desenvuelven los niños está determinado por los adultos. El padre de familia vela porque en la casa los hijos encuentren seguridad, respeto y apertura, así como los límites apropiados que les ayuden a desarrollarse adecuadamente. Esto incluye protegerlos de influencias inapropiadas, así como fomentar la seguridad, el cariño y el respeto en las dinámicas familiares.

El rol del padre de familia es un elemento fundamental para la salud emocional del hogar. Su presencia activa es modelo para los niños y niñas de cómo un hombre adulto interactúa con su trabajo, con su familia y como maneja sus emociones.

Debemos tomar en consideración que lo que diferencia a las familias saludables de las poco funcionales es la forma en que enfrentan los conflictos, en que buscan a Dios como centro de sus vidas, en que aceptan a las personas con sus diferencias, y en su capacidad de amarse en momentos de adversidad.

Papá de varones

El ser una figura paterna para los hijos varones tiene algunos desafíos particulares. Los psicólogos, desde hace mucho tiempo, saben que los niños reciben menos muestras de afecto que las niñas. Los varones son educados para no exteriorizar los sentimientos, porque esto es considerado propio de las mujeres.

Generalmente, apenas dejan de “ser bebés” a los ojos de algunos adultos, se les censura cualquier muestra de llanto o de miedo –a pesar de que estas muestras, de modo equilibrado, sean naturales y esperables en las etapas de la infancia-.


Nos han vendido la mentira de que “no es válido que los hombres sientan miedo”, por lo que, muchas veces, los temores se ocultan detrás de la violencia y el control exagerado y enfermizo sobre la mujer y los hijos, como si estos fueran propiedades del hombre.

3 - El Hombre de la casa “Figuras de lo macho”, Por: Claire M. de Mezerville L., Psicóloga y Tanya M. Brizuela H, Antropóloga

La percepción de lo masculino en el mundo hispano está impregnada de machismos, que de forma tradicional se han representado en figuras de “lo macho” (Mansilla, 2007); una de estas figuras es la “violencia como expresión de hombría”. De la misma manera en la que socialmente se carga a los hombres con cualidades de agresividad, en ocasiones se les restringe los espacios en los que pueden ser afectivos, sobre todo en lo referente a expresar cariño por figuras del mismo sexo.

Sólo en espacios determinados se pueden realizar expresiones de cariño hacia otros hombres, como al celebrar un gol, donde se les puede observar abrazándose y hasta besándose los unos a los otros sin prejuicios; pero un abrazo efusivo en otro contexto podría no sólo ser mal visto sino que también socialmente sancionado.

Consecuentemente, en ocasiones la presión social les dificulta poseer la libertad para sentirse cómodos al abrazarse, o en general, al expresar emociones consideradas reflejo de debilidad, sin sentirse juzgados de forma negativa.


Otra figura con la que se ha caracterizado lo masculino, es la de “donjuán”, dándoles a los hombres como atributo natural la búsqueda constante de placer sexual, evitando, eso sí, el compromiso. Algunos de ellos se sienten en la obligación de ser promiscuos; si una mujer les coquetea se sienten obligados de aceptar el coqueteo; si lo rechazan, consideran por creencias personales, por presión social, o por presión de los pares, que no están cumpliendo con su “rol de hombre”, viéndose envueltos en un círculo vicioso que podría lastimarlos, no solo a ellos mismos sino también a sus familias.

2 - El hombre de la casa “Ser hombre”, Por: Claire M. de Mezerville L., Psicóloga y Tanya M. Brizuela H, Antropóloga

En culturas tradicionalmente patriarcales, como es la nuestra, la identidad sexual se formó desde un sistema jerárquico que sitúa al hombre en una situación de poder, y desvaloriza a la mujer, la cual se considera carente de poder (Mino y Slim. 2007). De ahí el afán de alejarse de todo aquello que culturalmente se asigne como femenino; además de asignarle al varón un rol masculino, cargado de estereotipos arbitrarios, que se hace muy difícil de llevar.

Por ejemplo, se les puede imponer desde niños la idea de que deberían ser duros y no llorar, sin importar el dolor. Tanto en situaciones de dolor físico, como por ejemplo cuando se golpean en el columpio, así como en situaciones de dolor emocional, como sería cuando se les muere una mascota o pierden a su primera novia, es usual oír tanto a los padres como a las madres decirles a sus pequeños hijos que, “los hombres no lloran”. La explicación más común del porqué no deben llorar es que deben ser fuertes, y la fortaleza -cualidad masculina- se asocia con el desligue emocional.

Por el contrario, las niñas bajo las mismas circunstancias –como el golpe del columpio, el rompimiento de una relación, o la muerte de un ser amado- pueden encontrar mayor comprensión a su dolor y sentimientos de frustración, ya sea por parte de los padres, del resto de amiguitos, o del contexto inmediato. Por tanto, a los niños que vivan una experiencia de estas, se les enseña desde pequeños que expresar emociones de dolor o tristeza es de mujeres y por consecuencia es una debilidad, lo que es directamente asociado a no ser “hombres”.

De adolescentes, en algunos hogares se les da deberes domésticos a las niñas, librándose algunos niños de estas tareas. Los chicos que vivan esta realidad no tendrían la experiencia de aprender a desarrollar habilidades en las tareas básicas para su autonomía, provocando dependencia hacia otros, o experiencias de frustración a futuro cuando desean o necesiten aprender como adultos a asumir estas labores. Al mismo tiempo, esto podría provocar una desvaloración por parte del varón de las tareas del hogar, labores que son importantes para el óptimo desempeño de todos los miembros de la familia.


Sin embargo de forma lamentable, se asocian de manera directa con el sexo femenino las labores del hogar, como si existiera un gen exclusivo para cocinar, lavar platos, barrer y cambiar pañales.

1 - El hombre de la casa “Influencia contexto social y familiar”, Por: Claire M. de Mezerville L., Psicóloga y Tanya M. Brizuela H, Antropóloga

Se habla mucho de los roles socialmente esperados de los hombres; sin embargo, estos estereotipos les han privado de sus verdaderas funciones dentro del seno familiar, tales como compartir del sostén emocional de su familia, ser proveedores afectivos y compañeros amorosos. Todo esto en detrimento de su propia salud emocional y de las otras personas a su alrededor.

Podemos apuntar por lo tanto, que la concepción de lo masculino es más complejo que solo los factores biológicos que puedan caracterizarla, ya que todo el proceso de formación de la identidad -tanto masculina como femenina- está rodeado por una serie de eventos y rituales que separan las características de ambos sexos y van definiendo a cada uno. Un ejemplo de ritual de paso de niño a “hombre”, es la costumbre de ciertos padres, de llevar a sus hijos de cierta edad a prostíbulos, para “hacerlos hombres”.

De esta manera, el contexto social y familiar va influyendo en la identidad que de sí mismos se forjan los hombres. La sociedad y, de forma más directa nuestra propia familia, nos van señalando qué significa ser un “hombre”, imponiendo actitudes, formas de interactuar con su mismo sexo y también con las mujeres, y hasta nos rotulan como deberían expresar sus sentimientos. De esta manera, el hombre se socializa de acuerdo a los roles que se le asignan. De igual manera, se le despoja de ciertos roles que están reservados para la mujer. En una sociedad tradicionalmente patriarcal, como la sociedad latinoamericana, por ejemplo, a ciertos hombres se les señala de forma enfática y desde la niñez, que deben alejarse de todo aquello que se considere femenino.


A causa de esto, algunos hombres se distancian de todos los roles, acciones o actitudes que culturalmente, y por variadas razones se hayan definido como femeninos, entre ellos el diálogo, la conciliación, la sensibilidad, la ternura, la expresión de emociones de tristeza, miedo o frustración, el cuidado emocional y la atención de la familia, etc. Es común que desde pequeños a muchos niños se les enseñe que no deben jugar con muñecas, o de “casita”, sino con carritos, pistolas, video juegos en que se enfatiza la violencia, el uso de la fuerza y la dominación como atributos deseables, de esta manera a muchos hombres se les va desvinculando desde la infancia del rol de la crianza de los hijos, de la responsabilidad del cuidado del hogar y aún más del cuidado de la relación afectiva con su pareja, ya que todo esto se percibe como femenino.

Lo cierto es, que ambos sexos, tanto hombres como mujeres, se han visto dañados por estos patrones impuestos ya que culturalmente han sido despojados de la posibilidad de una vivencia integral que busque la realización del ser humano, ya sea femenino o masculino, en todos los ámbitos de su existencia.